
No era la única caricia. Varios pares de ojos la miraban. No por ello los ojos de ella rompían el inquebrantable hilo que la unía a las profundidades de su ajada consciencia.
El paisaje pasaba ante ella a toda velocidad. Imágenes y más imágenes en movimiento volando ante sus ojos, incapaces de apreciar qué estaba ocurriendo fuera de ella misma. En un fondo abstracto de colores y líneas, bailaban los pequeños copos a ritmo de sol. Entre cada son, se repetía siempre la misma pregunta: ¿Será el olvido un regalo o una condena? Entrar y salir. Querer y llorar, olvidar. Repetir.
¿Cuántos trenes le quedan por coger para no llegar a donde quiere?
Querer sin saber lo que se quiere. Saber sin querer lo que se sabe.
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