¿Sabes?
Me apasionan tantas cosas, que casi siempre pienso que me faltan cantidades inmensurables de tiempo para ser capaz de disfrutar de la mayoría de ellas. Que necesitaría unas cuantas vidas más, y que aún así, nunca quedaría lo suficientemente conforme.
Mis ganas de viajar. Mis libros leídos y los millones por leer. Mis canciones, las que me llenan de alegría, las que me torturan, las que me hacen salir de cualquier circunstancia o las que me transportan al pasado. Mis olores. Mis benditas películas con sus distintos diálogos inmortales. Mis fotos. Mi amor por la fotografía. Cada uno de mis textos y la necesidad de escribir que perdura en ellos. La maravillosa poesía que me desarma constantemente. La pintura a quien tengo tan abandonada. Todos los benditos artistas que son capaces de conmover y mover esos pequeños hilitos que existen dentro de mi y hacerme estremecer con el ideal de ser capaz algún día de crear esas mismas reacciones.
El arte. En cada bendito ámbito... es el único consuelo que le queda a estos inexpertos huesos.
El arte... de crear sonrisas, de hacer feliz a alguien, de vivir en equilibrio, el arte de sentir y de sufrir... el increíble arte de dar vida a lo inerte, de ofrecer segundas oportunidades, de hacer relucir.
Cada pequeño acto, cada miserable sentimiento, cada reacción, cada casualidad, cada maldito átomo y cada extraordinaria voluntad... es arte.
Mi único amor incondicional
y mi única verdadera esperanza reside en un proseguir de los días envuelto en las aspiraciones de seres imperfectos, efímeros y vanos en el noble arte de crear para rasgar la perfección con la punta de sus indignos dedos.